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El Corazón

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El Corazón representa menos del 0,5 por mil del peso corporal, pero nadie duda que se trata de un órgano muy especial. Su velocidad de funcionamiento, sus latidos, varían de modo inversamente proporcional al tamaño del cuerpo: 25 veces por minuto para los elefantes, 1000 para los canarios.

En un hombre adulto, unos 70 latidos por minuto, logran que circulen, diariamente, unos 11.000 litros de sangre, que transportan unos 340 litros de oxígeno hasta las células más recónditas de nuestros órganos y tejidos. A lo largo de una existencia humana media, el corazón ha de realizar, adecuadamente, unas 300 millones de operaciones de bombeo, en las que cualquier fallo puede ser mortal. Por ello, las enfermedades cardiovasculares, que afectan al funcionamiento cardíaco, son una de las primeras causas de la mortalidad humana. Ahora bien, la Ciencia está consiguiendo que la comprensión de estas enfermedades avance a pasos agigantados.

GENES E INFARTOS. Investigadores médicos, del Instituto holandés de Ciencias de la Salud, han encontrado la primera evidencia firma que relaciona un gen con los ataques cardíacos. Se trata de un gen marcador, es decir, que aun no se sabe si el defecto particular hallado en el gen es el responsable del ataque cardíaco, o si, simplemente, esa alteración se encuentra muy cercana y ligada a la verdadera causa. En todo caso, poseerá una gran utilidad predictiva.

La secuencia marcadora es la llamada inserción Alu, que se localiza en el gen que codifica a la proteína TPA, iniciales de la expresión inglesa para la enzima activadora del plasminógeno tisular. Esta enzima actúa rompiendo, disolviendo, a los coágulos sanguíneos, por lo que es una primera línea de defensa contra la formación de estos coágulos. Las personas normales carecen de la inserción Alu en sus correspondientes dos genes (uno en cada cromosoma de la pareja). Los individuos heterozigotos (que poseen una copia del gen marcador alterado), duplican el riesgo de ataque cardíaco. Y las personas homozigotas (con dos copias del marcador, una en cada gen) cuadriplican el riesgo de la complicación. Este descubrimiento permitirá, rápidamente, el desarrollo de los correspondientes métodos diagnósticos predictivos, con el consiguiente e inmediato desarrollo de eficaces medidas preventivas.

MARCADOR DE RIESGOS. La obstrucción de la arteria coronaria por una placa de ateroma es una de las principales causas de los ataques cardíacos o infartos de miocardio y las personas que sobreviven al infarto deben realizar una posterior rehabilitación integral. Una de las mayores complicaciones posteriores, relativamente frecuente, es la del debilitamiento de las paredes del corazón, que puede afectar gravemente a su capacidad de bombeo sanguíneo. Un equipo médico, también holandés pero, esta vez, del departamento de farmacología clínica de la UNIVERSIDAD DE GRONINGEN acaba de hacer un descubrimiento importante al respecto. Han identificado que una proteína ya conocida, la ACE, está muy aumentada en personas que han sufrido un infarto y que son propensas a sufrir ese tipo de complicaciones postinfarto.

ACE son las iniciales de la expresión inglesa para la enzima convertidora de la angiotensina, una enzima que está relacionada, a través de efectos hormonales, con la regulación de la presión sanguínea y de la función cardíaca. La Investigación comentada recomienda que se midan los niveles de ACE, tras un ataque cardíaco, para seleccionar a los pacientes que presenten concentraciones mayores, indicadoras de un peligro superior de complicaciones a lo largo del año posterior al infarto. Para reducir este riesgo, el equipo investigador recomienda que, muy pronto, en horas, tras sufrir el infarto, los pacientes sean medicados con un inhibidor de la ACE, tal como el captotril.

TRASPLANTES. El cirujano sudafricano Christiaan Barnard llevó a cabo, en 1967, el primer trasplante de una persona a otra. Aunque la técnica llevaba asociados unos altos riesgos de rechazo, a principios de los 80, gracias al empleo de fármacos inmunosupresores, el número de pacientes trasplantados con supervivencia mayor de un año era significativa. Y en la década de los 90 es notable la tasa de supervivencia de 10 años para los pacientes trasplantados.

El problema principal, junto con el desarrollo de nuevos inmunosupresores, ya en marcha, es el de la escasez de órganos trasplantables. Hasta tanto que se produzca un cambio en la situación, esta escasez, junto al gran número de pacientes necesitados del trasplante, hace que las listas de espera se alarguen. Y los médicos se encuentran ante el grave problema de evaluar, clasificándolos por su gravedad, los riesgos que para cada paciente supone la dilación de la intervención. ¿Cómo se puede conseguir esa finalidad del modo más preciso?.

Un equipo médico, perteneciente a varios hospitales americanos, ha analizado el problema, encontrando una respuesta bastante satisfactoria. Prescindiendo de técnicas invasivas o analíticas demasiado complejas, han evaluado más de 80 criterios relacionados con los posibles fallos cardíacos de los pacientes en espera. De entre tales criterios, han seleccionado siete de ellos, entre otros, algunos como el consumo de oxígeno durante el ejercicio, la presión sanguínea o la frecuencia del latido cardíaco en situación de reposo. Una vez cuantificadas, en cada caso particular, las magnitudes respectivas de esos siete criterios, la magnitud de su suma permite la clasificación de cada paciente en un grupo de riesgo bajo, medio o alto. La aplicabilidad del método se ha confirmado con 268 pacientes con patologías cardíacas susceptibles de trasplante. Tras ser clasificados de la manera ya indicada, la supervivencia, al cabo de un año, fue del 93% para los del grupo de menor riesgo, del 72% para el intermedio y del 43% para el de mayor riesgo.

 

Qué es y cómo funciona el aparato cardiocirculatorio

Nuestro cuerpo precisa para su funcionamiento de oxígeno y sustancias que proporcionan energía (azúcar, proteínas). El aparato cardiocirculatorio es el encargado de realizar la distribución de estas sustancias por todo el organismo y está constituido fundamentalmente por el corazón y un conjunto de tubos elásticos a los que llamamos arterias y venas.

El corazón es una bomba que con su acción impulsora, proporciona la fuerza necesaria para que la sangre y las sustancias que transporta ésta, circulen adecuadamente a través de ese conjunto de tubos.

En cada latido, el corazón expulsa una determinada cantidad de sangre hacia la arteria más gruesa (aorta); por sucesivas ramificaciones que salen de ella, esta sangre llega a todo el organismo.

La sangre cuando ha cedido el oxígeno y los nutrientes (proteínas, azúcar) a las células del organismo se recoge en otros tubos llamados venas que la devuelven nuevamente al corazón. El corazón tiene cuatro cámaras o cavidades, dos aurículas y dos ventrículos. La sangre que vuelve al corazón por las venas entra por la aurícula derecha (AD). Desde la aurícula, a través de una válvula (tricúspide) la sangre pasa a otra cámara del corazón, ventrículo derecho (VD) y de aquí por la arteria pulmonar llega a los pulmones, donde incorpora el oxígeno que tomamos en la respiración. La sangre, ya oxigenada, vuelve al corazón, concretamente a la aurícula izquierda (AI), por las venas pulmonares. Desde aquí, pasando por la válvula mitral, llega al ventrículo izquierdo (VI), que es el principal motor impulsor de la sangre hacia el resto del cuerpo.

El corazón es un órgano muscular (miocardio); como todos los músculos necesita para su funcionamiento oxígeno y nutrientes, que obtiene, como el resto del cuerpo, de la sangre. Ésta le llega a través de las arterias coronarias que salen de la aorta. Las arterias coronarias recorren la superficie externa del corazón en todo su contorno, formando una especie de corona (de aquí su nombre) y dan ramas que hacen llegar la sangre a todo el músculo cardíaco.

El sistema circulatorio tiene una gran capacidad para adaptarse a las distintas necesidades del organismo. El volumen de sangre que impulsa el corazón en reposo es de unos 5 litros por minuto; esta cifra puede elevarse hasta cuatro veces más durante el esfuerzo, fundamentalmente aumentando el número de latidos por minuto.

Las arterias coronarias son dos: derecha e izquierda. La coronaria izquierda se divide en dos grandes ramas: descendente anterior y circunfleja. Tenemos así tres grandes arterias: coronaria derecha, descendente anterior y circunfleja. Las necesidades de oxígeno del músculo cardíaco no son siempre las mismas, se modifican con el ejercicio, el trabajo y el estrés, entre otras circunstancias. Cuando el organismo precisa más aporte de energía, el corazón responde adecuadamente aumentando su trabajo. Este aumento hace que se eleven también las necesidades de oxígeno del propio músculo cardíaco, necesidades que son resueltas mediante un mayor aporte de sangre a través de las arterias coronarias.

 

La Enfermedad Coronaria

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El término "enfermedad coronaria" hace referencia a la aparición de lesiones, generalmente causadas por arteriosclerosis, en las arterias coronarias (arterias que llevan la sangre al músculo cardiaco). La arteriosclerosis se produce por el depósito de sustancias, como el colesterol, y la proliferación celular en la pared arterial, en la que se terminan formando las denominadas "placas de ateroma". El crecimiento de las placas de ateroma da lugar a un estrechamiento del interior de las arterias, lo que conduce a una disminución del riego sanguíneo y, por lo tanto, a una menor llegada de oxígeno, en el órgano o tejido correspondiente. En ocasiones, las placas de ateroma se fisuran o rompen, formándose sobre ellas un coágulo de sangre que obstruye la arteria bruscamente, dando lugar a una disminución repentina y severa del flujo sanguíneo, que lleva a la muerte de las células en poco tiempo. Cualquier arteria del organismo puede sufrir arteriosclerosis, pero las más frecuentemente afectadas son las del corazón, cerebro y extremidades inferiores. La arteriosclerosis coronaria supone que se produzca isquemia (disminución del riego sanguíneo) en el músculo cardiaco, lo que puede llegar a dar lugar a la muerte de las células. A la enfermedad coronaria también se le suele denominar "cardiopatía isquémica", que viene a ser la enfermedad del corazón causada por disminución del riego sanguíneo en el miocardio (músculo cardiaco).

Factores de riesgo.La causa exacta y el mecanismo preciso de todo el proceso de desarrollo de la arteriosclerosis no es bien conocido. Sin embargo, se sabe que existe una serie de factores que favorecen la aparición y progresión de esta enfermedad. Los factores de riesgo de arteriosclerosis más importantes son el tabaco, la hipertensión, la hipercolesterolemia y la diabetes. Son también importantes, aunque no modificables, los antecedentes familiares, el sexo masculino y la edad del individuo. La arteriosclerosis es más frecuente en las personas con familiares que padecen esta enfermedad que en las que no tienen antecedentes, también es más frecuente en los hombres que en las mujeres y su incidencia es mayor cuanto mayor es la edad del individuo. Se consideran factores de riesgo menores la obesidad, el sedentarismo y el estrés.

Llamamos "enfermedad coronaria" a la incapacidad de las arterias coronarias para llevar el oxígeno necesario a un determinado territorio del músculo cardíaco, lo que dificulta el funcionamiento de éste. Así pues, el corazón enferma por la mala función del sistema de irrigación (arterias coronarias).

La causa más frecuente de alteración de las coronarias es la arterioesclerosis (endurecimiento de las arterias), proceso natural al que se añade en algunas personas el depósito de sustancias como colesterol o calcio, en la pared de los vasos. A estos depósitos se les llama placas de ateroma. La formación de placas de ateroma no tiene relación directa con la edad, como hemos dicho de la arterioesclerosis, de tal manera que en algunos aparece muy pronto y en otros no lo hace nunca.

Probablemente hay alguna causa hereditaria que explique este hecho, pero no cabe duda de que existen factores (tabaco, colesterol elevado, hipertensión, diabetes etc...) que favorecen el desarrollo de las placas de ateroma , son los llamados FACTORES DE RIESGO de esta enfermedad.

Al crecer las placas de ateroma, se reduce el calibre de las arterias en su interior y disminuye la cantidad de sangre que puede pasar a su través. Como consecuencia la cantidad de oxígeno que llega es insuficiente para el trabajo que tiene que hacer el corazón.Cuando una parte del corazón no recibe sangre suficiente decimos que está isquémico y en este momento se manifiesta la enfermedad coronaria, también llamada cardiopatía isquémica.

La enfermedad coronaria o cardiopatía isquémica se manifiesta principalmente como:

  • Angina de pecho.
  • Infarto de miocardio (se suele llamar de forma abreviada I.A.M.).

En los dos casos hay una reducción en la llegada de oxígeno a una parte de músculo cardíaco. En la angina de pecho la falta de riego es pasajera y no deja daño, mientras que en el infarto, la falta de oxígeno es tan prolongada que se produce la muerte de células musculares (necrosis).

¿CÓMO ES LA ANGINA DE PECHO? Es una sensación de dolor, opresión o malestar que generalmente se inicia en el centro del pecho, que puede extenderse principalmente a los brazos, el cuello, la espalda y la mandíbula; es de intensidad progresiva y duración limitada.

Muchas veces este dolor coincide con el ejercicio, el trabajo, la actividad sexual y las emociones, situaciones todas ellas que aumentan las necesidades de oxígeno del miocardio; recordemos que la arteria con placas de ateroma en su interior no puede aportar la cantidad precisa de oxígeno. La angina desaparece cuando cesa la circunstancia que la desencadenó. En otras ocasiones, el dolor o crisis de angina, aparece en reposo; en este caso lo que ocurre es la rotura súbita de una placa de ateroma o bien un estrechamiento o espasmo de la pared de la arteria, dificultándose así el paso de sangre.

¿CÓMO ES EL INFARTO DE MIOCARDIO? Es un dolor semejante al de la angina de pecho, aunque de mayor intensidad y duración, y suele ir acompañado de sudoración, náuseas y vómitos. El infarto se produce cuando una arteria se obstruye totalmente, en la mayoría de los casos por un coágulo de sangre que se forma sobre una placa de ateroma que se ha roto. El infarto es habitualmente un evento inesperado, no asociado a ninguna situación determinada que permita predecirlo. La gravedad del infarto depende de la cantidad de músculo que se destruye y está en relación con la arteria obstruida y el lugar en el que se produce la obstrucción.

Por fortuna el corazón tiene una capacidad de reserva importante y después de la mayoría de los infartos de miocardio el músculo cardíaco que permanece sano realiza el trabajo de bomba necesario, de tal forma que el paciente puede llevar una vida perfectamente normal.

 

Síntomas

La enfermedad coronaria se manifiesta, fundamentalmente, de dos formas: la angina de pecho y el infarto de miocardio. En la angina de pecho la disminución del riego sanguíneo al músculo cardiaco suele durar menos de media hora, por lo que no se produce muerte celular. En el infarto de miocardio, sin embargo, la isquemia suele ser más duradera, produciéndose la necrosis (muerte) de las células. En ambos casos el síntoma más habitual es la aparición de un dolor de intensidad variable localizado en la parte anterior del tórax. A veces el dolor se manifiesta en el cuello, brazos, espalda y/o abdomen. No es raro que el paciente refiera algún síntoma acompañante, como falta de aire, mareo, sudoración, palpitaciones, náuseas y/o vómitos. En ocasiones no aparece verdadero dolor sino sensación de opresión, quemazón o malestar inespecífico en la parte anterior del tórax. No es infrecuente que el paciente crea que la molestia es debida a gases, sobre todo si el dolor se localiza en la parte superior del abdomen, por lo que puede no darle la debida importancia. A pesar de lo que supone una angina o un infarto, en un pequeño número de casos no se presentan síntomas o éstos son muy ligeros y pasajeros. Además, los mismos síntomas también pueden ser debidos a otros procesos, por lo que es necesario que sean siempre valorados por un médico.

El paciente con angina de pecho presenta el dolor torácico frecuentemente relacionado con algún desencadenante, como puede ser el esfuerzo, físico o psíquico, el frío, estrés, nerviosismo, emociones o la actividad sexual. El dolor suele durar menos de 30 minutos y habitualmente se alivia en pocos minutos una vez ha desaparecido la causa desencadenante. En el infarto de miocardio el dolor suele persistir más de 30 minutos, muchas veces durante horas, ya que la causa del mismo es la obstrucción fija de una arteria coronaria por un trombo (coágulo de sangre). En algunos casos, la angina de pecho o el infarto de miocardio son causados por un espasmo de una arteria coronaria, independientemente de que existan o no placas de ateroma en la misma. Con frecuencia el infarto aparece sin un desencadenante claro, aunque pueden inducirlo los mismos factores que se mencionaron en la angina de pecho. Una vez pasada la fase aguda del infarto, la zona de miocardio muerto es sustituida por una cicatriz. Por ello, el tamaño del infarto va a condicionar significativamente la situación futura del funcionamiento cardiaco. Un infarto muy extenso puede dar lugar a un fallo crónico del corazón que se manifiesta como insuficiencia cardiaca.

Diagnóstico

El diagnóstico de la angina de pecho debe ser hecho por un cardiólogo, ya que requiere la utilización de técnicas especiales. De todas formas, cuando los síntomas son típicos, cualquier médico puede hacer el diagnóstico, aunque siempre se requerirá la consulta cardiológica posteriormente. La evaluación inicial suele hacerse mediante una historia clínica detallada, exploración física, analítica general, electrocardiograma y radiografía de tórax. Pero el diagnóstico más preciso suele requerir otras pruebas, como un ecocardiograma (ecografía del corazón) y una prueba de esfuerzo. En los pacientes de mayor riesgo puede estar indicada la realización de una coronariografía (cateterismo cardiaco para ver las arterias coronarias).

Cuando el dolor torácico es muy intenso, dura más de 30 minutos, es repetitivo o se acompaña de síntomas importantes, es obligatorio que el paciente acuda a un servicio de urgencias para descartar una angina inestable o un infarto de miocardio, los cuales requieren ingreso hospitalario y un tratamiento específico. El infarto de miocardio puede ser diagnosticado rápidamente con un electrocardiograma y confirmado con un análisis de sangre. La premura en acudir a un centro hospitalario es especialmente importante en caso de infarto de miocardio, ya que actualmente es posible disolver el coágulo que obstruye la arteria coronaria mediante una medicación especial (tratamiento trombolítico). Por ello, cada minuto de retraso en iniciar este tratamiento supone un mayor daño miocárdico irreversible.

Tratamiento

El tratamiento de la enfermedad coronaria debe ser siempre indicado y controlado por un cardiólogo, excepto en las situaciones de urgencia, en las que la mayoría de los médicos sabe qué medidas iniciales deben tomarse. El tratamiento de base de la enfermedad requiere la conjunción de unas actitudes higiénico-dietéticas con la terapia farmacológica. Debe abandonarse el tabaco y seguirse una serie de recomendaciones sobre dieta y ejercicio físico. Se aconseja evitar el exceso de peso y el estrés. Es obligatorio el estricto control de la tensión arterial y el colesterol sanguíneo.

Si el paciente sufre un episodio de dolor torácico, puede administrarse nitroglicerina sublingual y, si no está tomando aspirina y no tiene antecedentes importantes de ulcera o sangrado gástrico ni es alérgico a los salicilatos, puede tomarse aspirina (entre 160 y 325 mg) por vía oral. Si el dolor y los síntomas acompañantes no ceden rápidamente, lo más recomendable es acudir a un servicio de urgencias. Allí se podrá hacer en poco tiempo el diagnóstico de infarto de miocardio, lo que permitirá iniciar el tratamiento trombolítico y salvar así la máxima cantidad de músculo cardiaco. Además, se administrarán otras medicaciones para aliviar los síntomas, tranquilizar al paciente y disminuir el riesgo de complicaciones. El paciente suele ser ingresado en una unidad de cuidados intensivos coronarios, donde se vigilará la evolución del proceso. Así, si aparece alguna complicación, se tomarán las medidas terapéuticas necesarias inmediatamente. En los casos más graves podrán requerirse medidas más agresivas, como la realización de una angioplastia coronaria (dilatación de la obstrucción con un catéter-balón) o cirugía de by-pass (puentes de la aorta a la coronaria para saltar las obstrucciones).

Sea por una angina inestable o por un infarto, la estancia hospitalaria variará según la situación clínica. Los pacientes con rápida recuperación y sin complicaciones podrán salir de la unidad coronaria en pocos días y ser dados de alta al domicilio en 7 a 10 días. La movilización suele iniciarse pronto y en los primeros días de la estancia hospitalaria el paciente podrá comenzar a pasear. Durante el ingreso, los pacientes son sometidos a diferentes pruebas para valorar la importancia de la enfermedad. La estancia puede prolongarse si se produce alguna complicación, aunque no siempre esto supone una mayor gravedad. Algunos pacientes no requerirán más pruebas y podrán reiniciar progresivamente las actividades habituales que realizaba antes del ingreso. Otros, sin embargo, necesitarán una valoración más profunda mediante estudios radiológicos especiales o cateterismo. En cualquier caso, la finalidad de todo esto es, además de intentar prevenir complicaciones futuras, procurar que el paciente se reincorpore a su modo de vida previo, tanto en lo referente a su vida familiar como a su actividad física, sexual y laboral. La mayoría de los pacientes podrán estar realizando ya una actividad física moderada y mantener relaciones sexuales aproximadamente al mes de haber tenido el ataque cardiaco. La actividad laboral podrá reiniciarse a partir del segundo o tercer mes tras el alta hospitalaria.

Tras un ataque cardiaco, el paciente deberá tomar las debidas medidas preventivas, cambiando sus hábitos para adquirir un estilo de vida saludable. Se le recomendará que evite el frío o calor excesivos, así como la actividad física brusca, intensa o extenuante. Deberá mentalizarse para mantener un estado de ánimo positivo, buscando el apoyo de sus familiares y amigos y, si es necesario, de un psicólogo o psiquiatra. Deberá seguir las recomendaciones del cardiólogo quien, además, le indicará el tratamiento que debe recibir y le realizará periódicamente las exploraciones que considere oportunas.

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